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Cal   -viva o muerta-   era lo que faltaba en las checas de Madrid y Barcelona.

Va a resultar axiomático el aserto de que las sociedades tienen los políticos que merecen, lo que es tanto como decir que los políticos son el reflejo de las sociedades que los engendran. De otro modo,  no se entiende el aplomo de Pablo Iglesias mentándole la cal viva a Míster X.

Con lo fácil y agradecido que habría sido replicarle que si mal la cal viva para las hienas ¿qué decir de los asesinatos de tantos inocentes cuya únicas culpa fue la presunción de su peligrosidad por su origen social, por sus ideas,  o por sus creencias religiosas?

Tan lógico y natural que habría sido nombrarle a Joaquín Dorado y Rodríguez de Campomanes, marqués de San Fernando y a Pedro Ceballos, su cuñado, cuando Manuel Iglesias, Manuel Carreiro “El Chaparro”, Antonio Delgado “El Hornachego” y otros milicianos apodados “El Ojo de Perdiz”, “El Vinagre” y “El Cojo de los Molletes” los sacaron el 7 de noviembre de 1936 del domicilio del primero conduciéndoles a la Checa del número 43 de la calle Serrano de Madrid, donde debieron penar lo justo, pues sus cadáveres aparecieron a la mañana siguiente en la Pradera de San Isidro.

Nadie se lo recordó a Pablo Iglesias Junior en la sesión del primer intento de investidura de Adán II, ni del PSOE ni del PP, así es que el nieto de Manuel se fue de rositas y orgulloso de su ocurrencia de la cal viva.

Lo habían hecho con pelos y señales, que tomo prestadas, el fascista Hermann Tertsch en memorable Tercera del ABC de 17 de febrero y días después el no menos facha Alfonso Ussía en su cotidiano cierre de La Razón.

El primero tuvo el coraje de poner en paralelo al abuelo del de la coleta y a su propio padre, quien supo comprender la inmundicia del régimen nazi al que sirvió y que por reaccionar pagó con cárcel, aprendiendo que para que el nazismo pasara debía educar a sus hijos en el repudio de aquel totalitarismo y en el de todos. El segundo sabía de lo que hablaba ya que su abuelo, D. Pedro Muñoz Seca, gustó la hiel de la checa de Porlier y el hielo de una noche de aquel noviembre en Paracuellos del Jarama.

Ángel Zurita Hinojal

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