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El sábado 10 de septiembre tuvo lugar en Aguilar de Campóo (Palencia) el XV Certamen de Pintura Rápida al Aire Libre. Como en las catorce anteriores ocasiones, el primer éxito fue el de la concurrencia de los artistas, más que el de crítica y público. Que también.

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Lo mejor de esta edición no fueron los pintores que se alzaron con los premios, sino uno que captó y plasmó un instante, aquel en que dos ancianos que disfrutaban su amistad no hace tanto descubierta acertaron a pasar por el preciso lugar de la plaza llamada “de España” que era objeto de su atención.

En ese   -bien escribo-   instante, su atención mudó del espacio a las personas y decidió, lográndolo, entrañarlas, Sí, en ese instante preciso, las piedras varias veces centenarias que pintaba pasaron a un segundo plano y esos dos seres cuyas edades se asoman al siglo pasaron a ser el objeto de su mirada y, con ella, de sus pinceles y, sin sospecharlo, ocuparon el centro de su obra. No lo supieron hasta que días después se lo dijeron sus allegados. No posaron e ignoraron que acababan de ser inmortalizados para uno de los más nobles de los mundos posibles, el del arte.

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Uno de ellos, con gorra y bastón, es mi padre, bien tieso a fuerza de agarrarse al suelo sin verlo apenas, a su derecha su amigo de humanidad noble, nevada y encorvada también asistida de bastón.

Doy fe de que el artista captó insuperablemente la esencia y las circunstancias de los dos viejos. El primero responde a José María, el otro a Dionisio y el pintor, que llegó de Valdoviño (La Coruña), Manuel Carballeira Rivas.

Le felicito por su maestría y doy las gracias por su lucidez.

Ángel Zurita Hinojal

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