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Con ocasión de su 40º aniversario, el miércoles 15 y el jueves 16 presencié en la Facultad de Humanidades del CEU (omito el verbo asistir por enfatizar mi mero papel de “esponja”) un Congreso Internacional sobre la Transición Española.

Por la entidad de sus organizadores   -el CEU Instituto de  Estudios Históricos, la Asociación Católica de Propagandistas, el Real Instituto Elcano, la Fundación Transición Española y la Red para el Estudio de las Monarquías Contemporáneas (REMCO)-   queda fuera de cuestión que, aparte de la efeméride, el evento trae causa en la corriente tan actual de poner en cuestión la Transición.

Dos jornadas densas, en mi opinión con aceptable conjugación de lo teórico y lo vivido. En este segundo aspecto, inestimables los testimonios de Alfonso Osorio, Miguel Herrero y Rodríguez de Miñón, Joaquín Almunia, Rodolfo Martín Villa, Julián Ariza  y, sobre todo, José Manuel Otero Novas.

Con independencia de lo anecdótico, me quedo con que la Transición se hizo de la mejor manera posible en el contexto temporal, político y social en el que se desenvolvió: ojalá hubiera sido mejor, pero no se supo-pudo-quiso hacerlo. Lo cierto es que hasta que han concurrido factores exógenos, durante más de 30 años ha sido bendecida por tirios y troyanos del solar batueco y que sigue siendo expuesta como modelo en ámbitos académicos allende sus limes.

Lo anterior viene a cuento de que en mi opinión la idea clave del Congreso   -en el que por lo internacional y en el aspecto académico me parece que es de señalar la sana envidia de los ponentes no españoles procedentes de paises también “transicionistas”, la portuguesa Maria Inázia Rezola, el chileno Carlos Huneeus y el griego Kostis Kornetis y la inestimable aportación de Omar Encarnación, del Bard College y de Stefanie F.M. Massink de la Universidad de Utrech-   fue la de CONSENSO. Tan fácil de escribir y tan difícil de imaginar en aquel marco en el que lo lógico es pensar que unos querían la revancha frente a los otros que ansiaban conservar su posición.

Cierto que se destacó la conciencia y consciencia del reformismo que generó el franquismo desde los primeros años sesenta. Cierto también que con su prosperidad económica a partir de esas mismas fechas el franquismo cavó su tumba. No es lo importante en lo que aquí interesa.

Sí lo es mi siguiente vivencia. Llego a casa y mientras ceno frente al televisor atino a sintonizar la tertulia de 24Horas TVE en la que entrevistan al ex ministro socialista y actual eurodiputado Ramón Jáuregui. Más que prevenciones, declara temores e inquietudes por el populismo rampante en el ámbito de la UE. Sorprendente sería que no lo hiciera. Pero para el ámbito doméstico español vuelve a surgir el concepto CONSENSO. Ese preciso término que habría que enmarcar en el frontispicio de cada salón de plenos de cada una de las demasiadas instituciones que rigen los destinos de los españoles. Ese sentimiento bello, complejo y completo desbordado en aquella lejanísima Transición que define las convicciones y las generosidades que tanto se echan en falta en las horas romas que vivimos.

Ángel Zurita Hinojal

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