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Homenaje a Fernando Aramburu por su magistral novela-crónica “Patria”

Con frecuencia evoco a mi madre y a sus padres y hermanos a la orilla del Canal de Castilla: Un año tras otro mi abuelo a sus funciones en los diversos trabajos que desempeñó y ella, mis tíos y mi abuela en su papel de hijos y esposa de canalero.

Tanto pienso, si no más, en mi padre, el mayor de los hijos de una familia de labradores   -no campesinos por más que campesinos fueran, una finca regentaban que así era llamada: Campesina-    que aún niño aprendió a ser labrador.

Viendo mi holgura rayana en la prosperidad no puedo dejar de sentir un vago sentimiento de culpa. No se trata de una culpa unida a un resquemor y después a la falta de una pena. Más bien, de la consciencia de que el mérito de esa prosperidad no me pertenece al completo y de que lo que fue a mejor puede empeorar a poco que uno se descuide.

Ese es mi sentimiento de patria que nada tiene que ver con el de tribu o clan. Al contrario, con ser consciente de que en el mejor escenario el progreso requiere de dedicación, esfuerzo y sacrificio y en otros no tan raros, al churchilliano  modo, de sangre, sudor, trabajo y lágrimas y, sobre todo de que todo progreso pende de un delgado hilo que cualquier avatar puede romper y de que el peor es el populismo con su carga de señuelos y mentiras.

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Se trata de tener asumido que si todo puede derrumbarse aunque cada cual cumpla su cometido, sería imperdonable que llegara a ocurrir porque alguien no lo hubiera observado, e incomprensible porque, insensibles a lo vivido, por acomodación, por irresponsabilidad o por estulticia, todo lo avanzado durante generaciones se fuera al garete por haber escuchado y seguido a flautistas embaucadores.

Ángel Zurita Hinojal

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