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En la inesperada oportunidad de que la memoria, la dignidad y la justicia no sean, como tantas veces, enfangadas que representa la iniciativa de reactivar   -o tal vez iniciar-   la investigación de más de 300 crímenes etarras de los que lo único que no se ignora son los nombres de las víctimas, me ha llamado la atención el caso que recoge este viernes ABC de Juvenal Villafañe, subteniente jubilado de la Guardia Civil ¡de 78 años! que el 16 de septiembre de 1993 murió en Andoain por una bomba lapa adosada a los bajos de su coche.

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Suponiendo que el subteniente se hubiera jubilado a los 65 años, habría sido en 1980, 13 después. ¡Qué gran hazaña la de los gudaris campeones de la libertad! Rizaron el rizo. Por esa libertad habían asesinado a chacurras, también a mujeres  -incluso embarazadas-  y a niños. Entonces tocó a viejos.

Lo de los chacurras, las mujeres, los fetos y los niños hasta podía entenderse en los vericuetos de sus mentes trastornadas. Eran, o podían llegar a ser el enemigo. Pero ¿qué pensar sobre el que había sido enemigo pero ya no lo era? Asesinaron a Villafañe por haber sido, despreciando, asumiendo, ignorando ¡cómo saberlo! que a partir de ello, ellos eran.

Ay Joxe Mari, tan real en “Patria” de Fernando Aramburu, ¡si leísteis, fue tan poco y tan malo!

Coincido con Carlos Herrera, también el ABC del viernes: No comprendo que se pueda dejar de ser asesino por el mero transcurso del tiempo.

Por ahí va la iniciativa apuntada al principio. Los delitos de lesa humanidad no prescriben.

Ángel Zurita Hinojal

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