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El primer sábado de mayo, a sus 85 fecundos años, murió Hugh Thomas, un Grande de España, además de británico y lord de allá. Pero en lo que aquí importa era español por vocación, con la misma vocación que presumo y parangonable intensidad que, como bien constata Charles Powell (@CharlesTPowell “Mi pequeño homenaje a Hugh Thomas, un hispanista europeísta y castizo”), lo son (en estas referencias no cabe el tiempo pasado) Raymond Carr y Johnn Elliott. Por encima, muy por encima de otros candidatos a ingresar en el contemporáneo Olimpo de los hispanistas británicos. Por encima también de otros avatares a los que debió llegar por la puerta de los que aludo, es el caso que Sir Thomas pensó y escribió sobre una etapa breve, intensa y trágica de España y por ella y a través de ella quedó prendado y prendido por más de 500 años de su historia.
En lo que a mí se refiere, apenas cruzada la no fina línea que separa la adolescencia de la madurez, no sabría decir en cuál de sus lados, leer su “La Guerra Civil Española”, de 1961, fue una gran sorpresa y no menor satisfacción. Por primera vez me encontré con una historia de España reciente, desapasionada y con vocación de objetividad. Sin esperarlo ni buscarlo me topé con una crónica en la que no había  buenos y malos, aunque sí me permitió discernir malos y buenos en cada escenario abordado. Había nacionales/franqueses  (el franquismo llegó después y “fascista” es un término amplísimo que en lo que aquí importa explica poco o nada) y comunistas y rojos y republicanos (cualquier cosa que este término pudiera significar a la luz de los acontecimientos) y gentes que padecían sufriendo junto a otras que sufrían por dejar de padecer.
Demasiados años atrás ya, recuerdo con nostalgia que fue reconfortante leer la “guerra civil” de Hugh Thomas. Porque, vuelvo al principio, por primera vez dejé de percibir el discurrir de España como una tragedia, como un sinfín; porque empecé   a discernir   -y en ello sigo-  entre los estereotipos de la bondad y la maldad individual y colectiva para llegar a la consciencia de que, salvo unos pocos   -siempre demasiados-  malvados, la mayoría formamos en el único bando de los errados.
Ángel Zurita Hinojal
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