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Todo en Miguel Ángel Blanco es ejemplar.

Lo es que, sin vinculación política remota, eligiera el puesto más arriesgado cuando decidió involucrarse para aportar su grano de arena en la lucha por erradicar la lacra terrorista de la ETA, o con menos pretensiones, simplemente en la lucha contra la lacra terrorista de la ETA: candidato del execrable PP en un pequeño pueblo perdido entre los montes de Vizcaya lindantes con Guipúzcoa.

Lo es que fuera un concejal sin retribución y que siéndolo continuara con su vida normal, por más que su vida ya no era normal.

Lo es que, como demostró su autopsia, durante su cautiverio de 48 horas sufrió lo inimaginable. Lo es que sin ser un héroe sea el héroe que, con su sola existencia demostró lo que era evidente pero que durante tantos años la sociedad vasca y la sociedad española no habían querido ver, la criminalidad extrema de la ETA.

Lo es cómo vivió su familia primero su secuestro, en seguida su asesinato y desde entonces y para siempre su falta y su recuerdo. Esta foto que tomo prestada de El Español lo evidencia. Si imagino a Miguel Ángel como un Cristo en un Calvario desconocido, en ella veo a su madre como la Dolorosa sufriendo hasta el extremo y atesorando su sufrimiento para ella sola, y al padre como el San José del que no hablan los Evangelios, perdido, sin saber qué hacer, qué decir, dónde mirar, buscando al hijo.

Ángel Zurita Hinojal

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